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jueves, 10 de noviembre de 2016

Anécdotas en el trabajo parte tres...






Una vez más vamos a hablar de anécdotas en el trabajo, pero esta vez no son tan divertidas...pero yo voy a explicaros la parte graciosa de esto, porque siempre hay un punto cómico en todo, aunque no lo creáis. Esta anécdota ya la expliqué hace tiempo, pero esta vez voy a detallarla mucho más y añadiré una segunda parte que en su momento no narré.
Hace ya varios años, trabajé en Telepizza, no me gusta hacer propaganda pero esta vez lo voy a hacer, porque a pesar de sufrir in situ varios atracos, fue la mejor época de mi vida, sin lugar a dudas. Y la llevaré siempre en mi corazón.
Trabajé durante casi dos años, mientras estudiaba y conocí a muchas personas con las que compartí momentos muy especiales...el primer amor de verdad, las primeras vacaciones con amigos, momentos entrañables sin duda. La única pega era que, por aquel entonces se sucedieron una serie de robos en nuestro restaurante porque acceder a la caja registradora y posteriormente a la caja fuerte del local era muy sencillo y las medidas de seguridad, totalmente inexistentes.
Nos atracaron en varias ocasiones y yo tuve la mala suerte de sufrir dos de los muchos asaltos a los que nos sometieron. Los recuerdo como si fuera ayer y eso que han transcurrido muchos años ya. El primero de ellos fue en el momento de cerrar el local, recuerdo que estaba en la puerta charlando con un compañero cuando de repente aparecieron por la esquina dos tipos, uno alto y delgado cubierto con un pasamontañas y otro más bajito que llevaba puesta una gorra. Se dirigieron con paso firme hacía dónde estábamos situados y el más alto me colocó en mi espalda una escopeta recortada y de mala gana nos indicó que entráramos en el local mientras cerraba la persiana, con un fuerte golpe, tras nosotros. Fueron momentos muy tensos, aún los conservo en mi memoria. El más alto, llevaba una prótesis en la mano que sujetaba la escopeta y mostraba nerviosismo, mientras que el bajito con acento argentino era más amable y en todo momento procuró calmar los nervios e indicarnos que el motivo de su atraco era el dinero, no nosotros. Sin embargo ninguno de nosotros cuatro ocultó su temor al verse en aquella situación. Lo que más me sorprendió fue la reacción del que por aquel entonces era nuestro encargado, un tipo grande y corpulento, que parecía un portero de discoteca y que en vez de sacar pecho y mostrar madurez para afrontar aquella tesitura, se vino abajo hasta situarse a la altura de un champiñón...lamentable imagen, os lo aseguro, en cuestión de segundos se me cayó el mito, una pena. 
Tras el susto inicial nos encerraron en los vestuarios del piso superior y nos indicaron que no saliéramos hasta oír de nuevo la persiana, evidentemente que ninguno de nosotros nos movimos de allí hasta pasados unos minutos. Recuerdo que bajamos uno a uno con los percheros de madera en la mano, no sé para qué, pero el mero hecho de llevarlos nos hizo sentir fuertes y valientes para golpear a quién fuera...si nos llegan a grabar creo que a día de hoy aún me estaría riendo porque aquello debió ser una de las imágenes más patéticas que un ser humano podía protagonizar en su vida. 
Gracias a Dios que no pasó nada grave y que sólo fue un susto, pero durante mucho tiempo me condicionó mi vida y salir a la calle no era tarea sencilla puesto que desconfiaba de todo el mundo y si alguien se acercaba más de la cuenta sin respetar mi espacio vital, me provocaba angustia.
El segundo robo fue un poco más light, no por ello menos importante, en esta ocasión eramos muchos los que estábamos en la tienda y sin embargo todos nos asustamos cuando dos chicos entraron dando gritos y uno de ellos, a punta de pistola, amenazó a la chica de caja mientras que el segundo se dirigió al despacho del jefe dónde casualmente me encontraba yo. No tuve tiempo de reaccionar ni de salir, me topé con aquel chico que llevaba un pasamontañas y me colocó una pistola en el pecho exigiéndome la recaudación del día. Recuerdo que me asusté muchísimo, porque tener un arma tan cerca, impresiona una barbaridad. El arma podía ser de mentira evidentemente, porque por aquel entonces se habían producido muchos asaltos con armas de juguete, pero en aquella situación de tensión, no me iba a poner a comprobarlo. Así que llamé a mi jefe porque desconocía dónde estaba la caja y enseguida vino a ayudarme y a calmar la situación. Que diferencia y que temple entre uno y otro, la noche y el día. 
Aquel atraco lo recordamos tiempo después entre risas, puesto que una de nuestras compañeras, con una minusvalía psíquica, del susto no paró de repetir: - yo estaba en el horno, yo estaba en el horno- y sin menospreciar a esta muchacha ni reírnos de ella, a aquel robo le pusimos de nombre, yo estaba en el horno, y confieso que nos reíamos mucho cada vez que hablábamos de ello.
Y después de soltar esta parrafada, os preguntaréis porque he vuelto a explicarlo un poco más detallado ¿no?, pues porque años después se dio la casualidad que en el autobús de vuelta a casa tras la jornada laboral, comentábamos una mujer, el conductor y una servidora, anécdotas que nos habían ocurrido en nuestros puestos de trabajo y yo expliqué la del primer robo. Pero sin motivo aparente en vez de indicar que me atracaron con una pistola recortada, tuve la brillante idea de decir que usaron un bazooka, sí así como lo leéis. Y me quedé más ancha que Castilla, reafirmando que así fue frente a las caras de estupor del conductor y la mujer, que con un hilo de voz me preguntó: -¿dónde demonios has trabajado para que te hayan atracado con un bazooka?. Y yo que aún no me había dado cuenta de la barbaridad que acababa de decir, le contesté tranquilamente: -en el Telepizza- respuesta que no hizo más que aumentar el asombro y desconcierto de aquellas dos personas. Recuerdo que les mire con cara de incredulidad mientras pensaba para mí que aquello era lo más normal del mundo. Así que me despedí y me dirigí a casa. Cuando en la cena expliqué la anécdota y les dije a mis padres que les había indicado a aquellas dos personas que me habían atracado usando un bazooka, se quedaron callados por unos momentos y me dijeron: -pero...Ale...¿qué dices?, fue en ese momento cuando me di cuenta de la cagada y me puse a reír a carcajada limpia con la familia.
A día de hoy, aún me hace gracia y ahora que lo escribo me estoy riendo porque no lo puedo evitar. Desconcerté a dos personas que debieron pensar que había trabajado en un barrio súper peligroso dónde el uso de estas armas era de lo más normal.






Gubi's place.

miércoles, 20 de julio de 2016

Ser víctima de un atraco en tu puesto de trabajo.




Verse en medio de un atraco no es nada agradable, pero lo es aún mucho menos cuando te atracan en tu propio puesto de trabajo porque la sensación de impotencia y de miedo es aún mayor.
A mí me ocurrió hace unos años ya, cuando trabajaba en una cadena de comida rápida y me afectó psicológicamente durante bastante tiempo después. Tanto que iba por la calle acojonada, para que nos entendamos todos, mirando a todas partes temiendo que en algún momento alguien se acercara con malas intenciones. Poco a poco lo superé pero desde entonces vigilo mucho más dónde voy y a todas las personas que me rodean, necesito que respeten mi espacio vital sino me incomoda bastante. 
Recuerdo aquel día como si fuera ayer, hay que ver como es la mente humana para estas cosas, capaz de revivir momentos con todo lujo de detalles. Habíamos acabado la jornada laboral y quedábamos cuatros personas dentro del establecimiento, yo me encontraba en la puerta charlando con un compañero cuando de repente dos individuos doblaron la esquina y se dirigieron con paso firme hasta nosotros. Noté cómo el cañón de un arma era apoyado con dureza en mi espalda y me obligaba a entrar en el establecimiento a empujones. Nos indicaron que nos dirigiéramos hasta la trastienda y por el camino nos encontramos a un compañero que bajaba tranquilamente por las escaleras y que se quedó blanco al vernos a nosotros con los brazos levantados por tener una escopeta recortada apuntándonos y a dos tipos detrás con pasamontañas que le obligaron a unirse a nosotros y a entrar en el despacho del jefe. Una vez allí dentro de aquel pequeño habitáculo, nos solicitaron el dinero pero ninguno de nosotros sabía dónde estaba y eso les enfureció. Así que mientras alzaban la voz, nuestro jefe bajaba también la escalera y se encontró con el tomate ya que había estado en el almacén y no se había enterado de nada hasta que empezó a descender. 
No soy nadie para hablar mal de los demás, pero un hecho que me pareció de lo más curioso y un poco patético también, fue que nuestro jefe que siempre alardeaba de machito ibérico, dando gritos y mostrando su hombría por la tienda, se vino abajo y se puso a llorar...aún lo tengo en la mente y no doy crédito. Aquel armario empotrado que media alrededor de un metro ochenta se puso a llorar como una niña desvalida y tuvimos que ser los otros tres los que le arropáramos porque le había dado un ataque. Desde aquel día ya no volví a verle de la misma forma, de hecho creo que por mi parte el mito de macho men, se derrumbó como un castillo de naipes. 
Así que después de presenciar aquel penoso espectáculo protagonizado por mi jefe,  nos quitaron las bolsas, mochilas, teléfonos y demás y nos hicieron subir hasta la primera planta dónde estaban los vestuarios. Nos hicieron entrar y nos dejaron allí con la puerta cerrada y la luz apagada advirtiéndonos de que no hiciéramos ningún movimiento en falso, que sólo querían el dinero y que la cosa no iba con nosotros.
Tras oír como bajaban la persiana metálica de la tienda, esperamos varios minutos, que a mi me parecieron una eternidad y decidimos abrir la puerta del vestuario y bajar para llamar a la policía. Cogimos los colgadores de madera para usarlos como armas... y uno detrás de otro bajamos lentamente por las escaleras hasta llegar al despacho, dónde aparentemente todo estaba normal, tan sólo se habían llevado la pequeña caja fuerte con la recaudación del día.
Recuerdo vagamente a aquellos dos tipos, tenían acento argentino, el que sujetaba el arma era alto y delgado, se había cubierto la cabeza con un pasamontañas y me llamó la atención de que llevaba una prótesis en el lado izquierdo. El otro tipo era más calmado, en todo momento nos indicó que no nos iban a hacer nada, no llevaba pasamontañas, sólo una gorra y recuerdo que no era una persona muy joven. Sería incapaz de reconocerlos si los volviera a ver y casi que lo prefiero francamente.
Aquel no fue el único atraco que sufrimos, hubieron muchos más, de hecho en aquellos años se había puesto de moda atracar este tipo de establecimientos por su facilidad de acceso al dinero. 
En otra ocasión entraron dos chicos jóvenes y uno de ellos me apuntó con una pistola en el pecho pidiéndome a gritos el dinero, no tuve tiempo ni de reaccionar, todo ocurrió muy deprisa, lo único que pude hacer fue llamar al jefe, que por aquel entonces era otro con mucha más templanza y madurez y que supo controlar la situación para que nadie saliera herido y así fue. Se les dio el dinero de la recaudación y huyeron corriendo. 
Aquella vez no me afectó tanto como la primera aunque si que me dio un pequeño bajón minutos después. Aquel día en la tienda éramos más de cuatro y con más o menos susto en el cuerpo, todos supieron mantener la calma y no tuvimos que lamentar daños personales ni materiales.
Pero es curioso cómo tu vida puede cambiar en cuestión de minutos, de estar tranquilo charlando con tus compañeros y de repente romper esa calma un desalmado que se cree más valiente que nadie porque empuña un arma. No te la puedes jugar, a pesar de todo debes mantener la calma y la compostura aunque quepa la posibilidad de que la pistola sea de mentira...pero ¿quién es el valiente que lo comprueba?.




Gubi's place.



lunes, 13 de junio de 2016

Por qué esa incesante persecución al colectivo homosexual.




Que el mundo en el que vivimos es cruel y despiadado es una realidad que a medida que una se va haciendo mayor cobra mucho más sentido. La población actual del planeta es de 7.432.663.000 habitantes, con esta cifra quiero dejar claro de que es obvio que hayan tantas diferencias entre las personas, de que obvio que no siempre pueda reinar la paz, de que no todo el mundo es tolerante y respetuoso con sus semejantes y de que no siempre pasan cosas buenas.
Incluso yo que escribo este post, admito que en ocasiones me cuesta ser tolerante pero eso no me convierte en mala persona, porque no lo soy, simplemente es que a veces cuesta. 
Lo que si tengo muy claro es que jamás emprendería una cacería contra el colectivo homosexual de la manera tan feroz como se lleva a cabo en muchos países. Me resulta totalmente incomprensible perseguir a una persona, humillarla e incluso matarla por sentir atracción por su mismo sexo. No me entra en la cabeza y creo que nadie en su sano juicio puede estar de acuerdo con lo que está ocurriendo. La última noticia es de este fin de semana donde ha tenido lugar un horribe suceso, una matanza en un local nocturno gay en Orlando (Florida), en el que más de 50 personas han perdido la vida a manos de un desalmado que debido a sus creencias ha estimado oportuno que debía entrar armado y rememorar lo que ya ocurrió hace tiempo en Columbine pero esta vez contra el colectivo gay.
Mi mejor amigo es homosexual y lo es de nacimiento no es por vicio y porque quiera experimentar cosas nuevas, que también podría ser y sería su elección. Simplemente es que siempre se ha sentido atraído por las personas de su mismo sexo. Algo que yo respeto y que jamás ha sido impedimento para ser amigos. Jamás podría señalarle con el dedo, humillarle o reírme de él porque le gusten los hombres. ¿Que clase de desalmada sería si hiciera algo así?. Nos respetamos, nos reímos juntos y nos contamos nuestras cosas y ambos sabemos que por muchos años que pasen y por poco que nos veamos siempre estaremos el uno para el otro.
Dejando a un lado esto, yo no quiero entrar en juicios de valor pero en un país donde hay armas se fomenta la violencia y eso trae repercusiones a la larga. 
E.E.U.U siempre nos ha vendido el sueño americano y poco a poco todos nos hemos ido americanizando y utilizando varios anglicismos que adaptados a nuestro idioma los hemos hecho propios y ha provocado que en algunas ocasiones hayamos perdido parte de nuestra identidad. Hay que reconocer que el ritmo y la armonía de la música extranjera nos ha cautivado desde siempre, el jazz, el soul, el claqué han formado parte de los mejores años de nuestra vida, al menos así lo recuerdo yo. La cultura americana ha hecho estragos en nosotros desde que hemos sido unos niños y veíamos por televisión la Estatua de la Libertad u oíamos cantar a Frank Sinatra su oda a la ciudad de Nueva York. Al igual que nos conmovimos con los atentados del 11 S en el que perecieron tantos civiles y aquel símbolo de distinción de la ciudad quedó sepultado para siempre. Los americanos siempre han sabido vender su estilo de vida y mediante sus discursos han convencido a muchos. Pero a medida que vamos abriendo los ojos a la realidad que nos rodea y adquirimos mucha más conciencia de que América no es la panacea, entendemos mucho más que este tipo de actos en el siglo en el que estamos no deberían cometerse jamás.
Por mucho que se llenen la boca de palabrería estúpida, de grandes discursos adornados de celebraciones y música, no se puede ocultar el hecho de que viven en una sociedad violenta que fomenta el odio y el racismo. En la que las desigualdades sociales son tremendas y las diferencias entre ricos y pobres aumenta a diario.
Personalmente creo que sería adecuado centrar sus discursos en ayudar y fomentar el respeto por los colectivos que se encuentran al borde de la exclusión social y avivar el respeto por todos los ciudadanos independientemente de su raza, religión o condición sexual. Sólo desde el respeto se puede construir una sociedad sólida y equilibrada. Por mucho que les hagan cantar el himno en las escuelas para fomentar el patriotismo si a la vez les permiten llevar armas no sirve de nada porque no van a respetarse. 
Las armas son el peor invento de este mundo, no deberían existir, si las personas no se gustan o tienen problemas pues que lo arreglen como lo hacíamos cuando éramos pequeños...un par de guantazos y luego tan amigos.
Lo hacemos todo muy difícil, somos raros y las cosas a veces son muy sencillas sólo hay que tener la voluntad de hacerlo bien. Perseguir a una mujer porque le guste otra mujer es ridículo, humillar a un hombre y avergonzarle porque ame a otro hombre es inhumano.
Por qué no nos centramos en arreglar este planeta y dejamos a nuestros congéneres que amen a quién les de la gana. Mientras sean respetuosos que hagan y deshagan lo que quieran con su vida. Este es el menor de nuestros males, no deberíamos ni reparar en el. Hay cosas mucho más importantes.
¿Cuánto tiempo ha de pasar y cuantas generaciones deberán vivir en este planeta hasta que haya una mayor conciencia colectiva?




Gubi's place.